¿What’s in the booox? ¿¡What’s in the boooox!?
El episodio arranca justo después del paro cardíaco de Zosia. Carol está en la habitación del hospital, todos los del colectivo pululan a su alrededor, súper coordinados como siempre, y aparentemente todo vuelve a la normalidad. Pero hay algo diferente: las caras. Ya no hay sonrisas, no hay ese aire amable y tranquilo de siempre. Algo ha cambiado.
Y ese cambio se confirma cuando llama Laxmi. Sí, esa Laxmi.
Se pone a gritarle por teléfono, furiosa, diciéndole: “¿Por qué has hecho llorar a mi hijo?”. En serio, qué rabia me da esta mujer. Vive en una negación absoluta.
Después de la llamada, Carol le dice a un enfermero que, si vuelve a llamar, no le pasen la llamada. Y ahí está el detalle: el enfermero no responde. No la mira, solo medio asiente. Nada. La ignora.
Y ahí lo entiendo todo: el colectivo ha decidido hacerle el vacío. Se acabaron las sonrisas y la amabilidad. El colectivo ha dado un paso atrás.
No es que les falten motivos, claro. Carol ha provocado un paro cardíaco a uno de ellos. Pero lo curioso es la doble vara de medir: ¿puede matar a once millones de personas y no pasa nada, pero hacerlos llorar, eso sí que no se perdona? Very suspicios…
Mientras Zosia se recupera, Carol se queda dormida en un sofá. Cuando despierta, el hospital está vacío. Todos se han ido. El colectivo entero ha abandonado Albuquerque. Carol sube a la azotea y desde allí ve una caravana de vehículos alejándose por la autopista. Es una escena preciosa, cinematográfica, pero también desoladora: Carol se ha quedado completamente sola.
Después de eso, llama al número del colectivo. Contestador automático: “Carol, nuestros sentimientos hacia ti no han cambiado, pero necesitamos nuestro espacio.” Fantástico. Un mensaje de ruptura de manual. No eres tú, soy yo.
Entonces decide grabar un vídeo para los otros doce inmunes. Se arregla, se maquilla, esconde las botellas de alcohol y se pone seria: “Escuchad, he descubierto algo importante. No pueden mentir.”
Y ahí es cuando todos pensamos: Sí, Carol, ya lo sabíamos. No es ningún descubrimiento. Pero ella insiste en que, cuando les preguntó si el proceso era reversible, se resistieron tanto que acabaron llorando. Y ahora la están castigando con el silencio.
Pide al buzón de voz que hagan 12 copias y las manden a los 12 apóstoles, con subtítulos y palomitas, para hacerla feliz. Y que si no lo hacen, pillará un berrinche que van a temblar incluso los guionistas.
Al cabo de un rato viene un dron y se lo llevan. Porque ahora están un poco acojonados y lo hacen todo con dron. Incluso intentan recoger la bolsa con el sobre, pero pesa demasiado, se engancha en una farola, se rompe y todo queda esparcido por el suelo. La cara de Carol es impagable. Finalmente sale a tirar la basura ella misma.
Y ahí empieza lo interesante. En las papeleras y contenedores ve que todas están llenas de cartones de leche. Solo leche. Todos los cartones iguales. Y claro, empieza a sospechar.
Visita la fábrica donde ls envasan, y descubre que no están produciendo leche, sino un líquido aceitoso, viscoso, ligeramente pegajoso. También encuentra sacos con un polvo blanco, como sal.
Aquí entra el detalle curioso: hace unas pruebas con lo que tiene a mano y descubre que el líquido tiene un pH de 7.1 —neutro— y que no contiene cloro. Y eso es todo. No logra saber nada más. Se da cuenta de que está frustrada, perdida, impotente.
Entonces graba otro vídeo para los doce. Les cuenta todo lo que ha visto, sus descubrimientos, sus hipótesis, sus sospechas. Pero al final pilla un berrinche, cuando se da cuenta que sus avances dejan un poco que desear. Lo borra y decide grabarlo de nuevo, cual influencer… aunque no nos enseñan lo que dice esta vez. Solo la vemos empezar sonriente, con voz amable.
Y ahí surge la duda: ¿ha aprendido Carol la lección? ¿Ha decidido cambiar de estrategia y fingir que se rinde para ganarse la confianza del colectivo? Puede que este sea su primer paso hacia la reconciliación. O a la falsedad asquerosa.
Llega la noche. Los lobos regresan. Esta vez no solo hurgan en la basura: están desenterrando el cuerpo de Helen. Carol sale con un palo de golf a espantarlos (idea brillante, como siempre), pero al ver que los lobos no son tan majos como el colectivo, se asusta y corre al coche de policía. Enciende la sirena, las luces, el motor, y embiste la valla para ahuyentarlos. Finalmente, deja el coche encima de la tumba de Helen para protegerla.
A la mañana siguiente, despierta dentro del coche, agotada. Se da cuenta de dos cosas: Una, que había un botón para liberar la escopeta del coche. Dos, que las llaves de las esposas estaban en el llavero de contacto.
Y ahí tiene su momento de iluminación. Las cosas salen mejor cuando se calma, cuando observa, cuando deja de actuar por rabia. Creo que este episodio es el punto de inflexión. Carol empieza a cambiar.
Por serendipias y cosas del destino, se da cuenta que el saco de sal tiene un código de barras, y se dirige a su Sprouts particular para ver si lo puede leer con el lector. No hay suerte porque da error, pero paseando por los pasillos, da con unos sacos de comida de perro que tienen el mismo aspecto y código de barras.
La escena final nos lleva a un almacén de “AgriSet”, los que fabrican la comida de perro. Todo está oscuro. Carol explora con una linterna y encuentra una cámara frigorífica. Entra, avanza entre estanterías, y al fondo ve algo cubierto por lonas. Levanta una y… se queda helada.
Primero no reacciona, como si su cerebro tardara unos segundos en procesarlo. Y de repente, da un salto, se cubre la boca y jadea. Fin del episodio.
No vemos lo que hay, pero todos pensamos lo mismo: Cadaveres, cerebros, o inspectores de hacienda. Pero vamos, pinta que son muertos o partes de ellos. Las pistas encajan:
- El pH neutro.
- Los lobos carroñeros.
- Los cuervos.
- Las toneladas de “sal” blanca.
- El gustito que tienen los zombies por los cerebros.
Todo apunta a que el colectivo está reutilizando cuerpos humanos para beberlos en forma de aceite de girasól. Quizás el polvo blanco es el residuo de ese proceso. Quizás el líquido aceitoso es parte del experimento. Y quizá la leche no sea leche.
Para cerrar, un detalle: el libro que aparece en la mesita de noche de Helen es And Then There Were None, de Agatha Christie. Diez personas que van desapareciendo una a una. En Pluribus, son trece. Pero sospecho que el final será el mismo: And then there were none.
El próximo episodio se titula HDP. Algunos dicen que significa Humanitarian Displacement Peacebuilding. Otros, simplemente, “hijo de puta”. Aunque quizá no es ni una cosa ni la otra.
Sea lo que sea, promete.
