Arranca el episodio y Carol vuelve a hacer lo que mejor se le da: enfadarse con el colectivo, porque el Gatorade que le mandan no está suficientemente frío. También se dedica a rascar boletos (uno con premio de 10.000 $ que deja ahí tirado, porque claro, ¿quién necesita dinero cuando el mundo se ha ido al garete?) y encuentra unos fuegos artificiales. Sí, fuegos artificiales. Porque nada dice “cordura postapocalíptica” como ir a por petardos.
Pasamos a la fase “vacaciones de locura”. Carol canta, juega al golf en medio de la calle, rompe cristales, encuentra conejos y bisontes y básicamente hace el equivalente a un episodio de Jackass en modo melancólico. Su coche de policía (símbolo de justicia hasta ese momento) lo cambia por un Rolls Royce. Una metáfora sutil de que ya ha perdido del todo el norte.
También roba un cuadro de un museo (el original del que tenía una copia en casa), lo cuelga, sonríe por primera vez en toda la serie y se va desnuda a un spa. Cumba estaría orgulloso: cada uno se monta su pequeño imperio, él en Las Vegas, ella en su propio derrumbe mental.
Decide cenar en el restaurante donde celebró su aniversario con Hellen, pide profiteroles y se regala una velada de recuerdos felices. Todo muy bonito, hasta que nos damos cuenta de que es la antesala de la rendición…
Media hora después, Vicente se apiada de nosotros y cambia de personaje. Manousos sigue su road trip desde Paraguay, dispuesto a cruzar el Darién Gap, el infierno verde que separa América del Sur de América del Norte.
Va sacando gasolina de coches ajenos, pero, ojo, dejando dinero en el parabrisas. Un santo. Si hay un apocalipsis, queremos que sea nuestro vecino. Lo malo es que deja dinero que ya no vale nada, así que su sentido moral se queda en el terreno de lo simbólico.
Durante el viaje, Manousos escucha cintas para aprender inglés. Sus frases estrella: “The cat is grey”, “The dog is yellow”, y mi favorita: “I am Manousos Oviedo, I wish to save the world.” Básicamente, está preparándose para su audición en My Fair Lady: versión fin del mundo.
Una furgoneta del colectivo se le acerca con entusiasmo: “¡Hola, Manousos! ¿Quieres agua? ¿Te llevamos?” Pero él, firme, les ignora. Nada de aceptar ayuda de los zombis zen. No vaya a ser que el apocalipsis sea demasiado cómodo.
El hombre acampa en iglesias, bebe agua de la lluvia, pesca, y demuestra que es más autosuficiente que un tutorial de YouTube. Pero cuando el colectivo le ofrece llevarle en helicóptero, se ofende y prende fuego a su coche. Claro, porque si algo enseña la supervivencia es que es mejor morir chamuscado que aceptar ayuda.
Así pues, se lanza a la jungla. Árboles con pinchos de veinte centímetros (la “palmera chunga”, llamada así por razones evidentes), humedad del 200 %, y fauna letal. Se clava una de esas palmeras en la espalda y decide hacer lo más sensato: cauterizarse la herida con metal al rojo vivo. O sea, modo Rambo ON. Si sobrevives a eso, mereces la secuela.
Después de toda esta épica, Manousos cae agotado, medio zombi, mientras un helicóptero del colectivo se acerca. Fin. Le salvan. O no. Quién sabe. Vicente se ríe de nosotros otra vez. Me hizo pensar que lo lograría…
Saltamos a 36 días después (48 desde el momento cero). Carol sigue sola, ha montado un espectáculo de fuegos artificiales delante de casa, en plan “última verbena antes del fin del mundo”. Una de las bases de los cohetes se tuerce, apuntándole directamente a la cara, y ella ni se inmuta. La roza, la despeina y prende fuego al garaje. En resumen: ya le da igual vivir o morir.
Después de apagar el fuego (mal), va a comprar pintura, y empieza a escribir algo en el suelo. Un mensaje. Uno piensa que va a escribir un mensaje de disculpa. Pero no. Escribe un contundente “COME BACK” en el suelo. Orden, súplica o marketing de guerrilla, no queda claro.
Esa misma noche Zosia aparece en coche, se baja, se acerca lentamente y Carol rompe a llorar. Abrazos, redención, perdón. El colectivo la acepta de nuevo. Cierre de círculo. O rendición total.
Balance del episodio: Carol se rinde a la soledad. Manousos se rinde a la selva. Ambos prueban que la cabezonería no salva el mundo, pero da para un episodio muy entretenido.
Y yo, sinceramente, sigo esperando que aparezca alguien con plan (un Benjamin Linus, un estratega) porque entre los hedonistas, los mártires y los místicos, el colectivo va ganando por goleada.
