Hoy quería hablar de Koumba. Estaba preparando un episodio para analizar a cada uno de los trece que han quedado fuera del colectivo, pero al llegar a él, el primer adjetivo que me vino a la cabeza, fue hedonista. Y entonces pensé, ¿por qué no hacer un episodio entero sobre eso?
El hedonismo, por si alguien no lo tiene muy presente, es la idea de que el objetivo de la vida es buscar placer y evitar el dolor. En principio suena bien, ¿no? Todos queremos sentirnos bien y evitar el sufrimiento.
Pero hay muchos matices, y de hecho, hay dos tipos de hedonismo que conviene distinguir.
El hedonismo inmediato
El primero es el más conocido, el que solemos asociar con la palabra “hedonista”. Es el del placer inmediato: hacer lo que te apetece en cada momento, sin pensar en las consecuencias. Es el estilo de Koumba.
Comer lo que te gusta sin medida, dormir, no trabajar, ver series todo el día, buscar estímulos rápidos. A corto plazo es fantástico, claro. Pero a largo plazo, pasa factura.
Si comes mal todos los días, si abusas de sustancias, si no te mueves ni te cuidas, ese placer inicial se transforma en dolor con el tiempo. El cuerpo lo paga, la mente lo paga. Es placer efímero que se convierte en sufrimiento.
El hedonismo racional
Y aquí entra la segunda versión, la filosófica: el hedonismo epicúreo.
Epicuro, filósofo griego del siglo IV a.C., defendía que el mayor placer no está en la euforia constante, sino en la tranquilidad, en no tener problemas.
Él lo llamaba “el placer sostenible”: disfrutar del presente sin hipotecar el futuro. Epicuro decía que el placer máximo era vivir sin perturbaciones, sin dramas. Rodeado de amigos, con una vida sencilla.
Podríamos decir que la pregunta que se hacía era:
“¿Qué puedo hacer hoy que me dé placer ahora y también mañana?”
Ahí encajan cosas como comer bien, estar con la familia, entrenar, crear algo, tener buenos proyectos. Eso sí que es placer inteligente.
Epicuro y su jardín
Epicuro no solo predicó esta idea, sino que fundó una escuela en Atenas, El Jardín. Y ojo, fue el primero en admitir mujeres, esclavos y prostitutas. Algo impensable en aquella época. Su lema estaba escrito a la entrada:
“El mayor bien es el placer.”
Muchos lo interpretaron mal, creyendo que era una invitación a la orgía y al desenfreno (y encima ahí en un jardín). Pero no. Epicuro hablaba de equilibrio. De evitar los excesos, porque después del exceso siempre llega el dolor.
Era casi un precursor del minimalismo emocional. Quería una vida simple, sin perturbaciones.
Ataraxia y aponia
Epicuro distinguía dos tipos de dolor, y dos tipos de placer.
Por un lado, el dolor del alma, lo que él llamaba perturbación o “tarasso”, y su opuesto, la ataraxia: la ausencia de turbación.
Por otro, el dolor físico, “ponos”, y su ausencia, la aponia.
Ataraxia es paz interior.
Aponia, bienestar físico.
Y lo mismo con el placer: hay placeres corporales (comer, dormir, el sexo) y placeres mentales (aprender, crear, conversar, tener amistades profundas). Los primeros son cortos y volátiles; los segundos, duraderos.
A mí, por ejemplo, me encantan los masajes. Son un placer corporal inmediato. Pero también me entusiasma una buena conversación. Esa sensación de descubrir algo, de cambiar tu punto de vista… eso también es placer, pero del tipo que se queda.
Epicuro defendía justo eso: los placeres mentales como los más valiosos.
El hedonismo no es egoísmo
A menudo se confunde hedonismo con egoísmo, pero no es lo mismo.
Epicuro decía que la amistad, la bondad y la cooperación generan más placer que la vida individualista. El placer social es más profundo y más estable.
También defendía que el miedo era el gran enemigo del placer.
Miedo al futuro, al fracaso, a la muerte. Si reducimos la ansiedad, el placer aumenta.
Y si lo pensamos, tenía razón: gran parte de la infelicidad moderna viene de la ansiedad. Hoy se recetan más ansiolíticos a adolescentes que nunca en toda la historia.
Así pues, reducir el miedo y el estrés nos hace más felices que cualquier placer momentáneo.
Placeres personalizados
Otro punto interesante: el placer no es universal. Lo que a uno le da placer, a otro puede darle angustia.
A mí, por ejemplo, viajar no me da placer. Me genera estrés. En cambio, hay gente que disfruta viajando como si fuera su razón de vivir. El hedonismo reconoce eso: cada placer es personal.
Lo importante es encontrar qué nos hace bien a nosotros, y equilibrar el corto y el largo plazo.
Dos hedonismos en conflicto
De hecho, podríamos decir que prácticamente toda la vida adulta es una negociación entre los dos tipos de hedonismo: el impulsivo y el racional.
Quiero comer esto, quiero comprar aquello, quiero descansar… y a corto plazo todo suena bien. Pero luego viene la factura. La cuenta bancaria, el cansancio, el remordimiento.
El placer inmediato se agota rápido. El placer racional, el que se planifica y se cultiva, deja huella.
Aplicado a Pluribus
En la serie lo vemos muy claro. El colectivo vive en un tipo de hedonismo racional: sin sufrimiento, sin drama, optimizado. Plenitud sin ansiedad.
Koumba, en cambio, representa el extremo opuesto: el hedonismo impulsivo, el “¡viva la vida!” sin pensar en mañana.
Y Carol… Carol está en el otro extremo. Vive en el sufrimiento constante. Es negativa, autodestructiva, y parece encontrar placer en la queja. Hasta Helen se lo dice en el flashback: “te gusta quejarte”.
Quizás su placer sea ese. Quejarse. Hay gente que también obtiene placer de eso, aunque no lo parezca. Vivir para ver.
Total…
El hedonismo no es solo “buscar placer”. Es aprender a hacerlo bien. Hay placeres que curan y placeres que enferman. Y entre Koumba, Carol y el colectivo, Pluribus nos muestra tres de las muchas formas posibles de entenderlo.
Yo, personalmente, me quedo con Epicuro: placer sí, pero sostenible.
Sin perturbaciones, sin dramas, y con amigos cerca.
Nos escuchamos en el próximo episodio. Sea cuando sea. Y seáis o no hedonistas… ¡muy buenos días!
