Este capítulo me ha encantado y, a la vez, me ha sabido a poco. Dura apenas cuarenta y tres minutos, y aunque tiene escenas fantásticas, la trama apenas avanza. Siento que necesito que pase algo más. Pero bueno, vayamos por partes.
Un flashback helado
El episodio arranca con una cuenta atrás: siete años antes del momento cero. Carol y Helen están en un hotel de hielo en Suecia, ese que existe de verdad en Kiruna. Helen está fascinada con las auroras boreales; Carol, en cambio, lo odia todo. Odia el frío, el viaje, la cama congelada… y a ratos, la vida misma.
Entre quejas, Helen bromea diciendo que en lugar de pagar 100.000 dólares por congelar sus óvulos, podría haberse quedado allí, ya congelada. Carol se lo toma medio en serio, y esa frase revela algo importante: querían tener hijos. Que Helen ya no esté da más peso a ese recuerdo; es uno de los momentos más tristes del episodio.
De vuelta al presente: Carol en el aire
Saltamos a tres días después del momento cero. Carol está otra vez en un avión (sí, otra vez), esta vez regresando de Bilbao. Viaja con Zosia, que intenta mantener la calma mientras Carol desconfía de todo. Le pregunta quién pilota el avión, y justo en ese momento, el capitán contesta por megafonía. No hay “ellos”: todos son uno.
Ese detalle, que a nosotros nos resulta perturbador, demuestra la naturaleza del colectivo. No hay individuos, solo cuerpos distintos que comparten una sola conciencia.
Los otros doce
Por fin sabemos quiénes son los otros 6 inmunes: un vendedor de caramelos de Estambul, una bailarina balinesa, un pescador en Cerdeña, una niña sudafricana de ocho años, un tenor en Yemen, un cocinero japonés… y el misterioso paraguayo, Manousos Obiedo, dueño de un negocio de alquiler de almacenes en Asunción.
Carol decide llamarlo, pero el intento acaba mal. Él le cuelga, la insulta y no entiende nada. Aun así, estoy convencido de que en el próximo episodio veremos esa misma escena desde su punto de vista, y que será clave en la historia.
Helen, omnipresente
De regreso a casa, Carol recibe un paquete que había comprado Helen antes del momento cero: una pistola de masajes. Es un regalo lleno de ternura, pero Carol reacciona con rabia y ordena al colectivo que olviden todo lo que saben de Helen. Es un momento durísimo. Le cuesta aceptar el duelo, y su enfado parece su único refugio.
El supermercado vacío
Luego llega una de las escenas más visuales del episodio: Carol va a comprar a un Sprouts, un supermercado orgánico. Está vacío, pero perfectamente ordenado. Nada está saqueado ni roto. El colectivo le explica que han centralizado los recursos para evitar el desperdicio y optimizar la distribución.
Y aquí me gana la serie. La eficiencia del colectivo tiene lógica. No hay caos, no hay hambre. Han creado un sistema perfecto… y aun así, Carol se resiste. No puede ver la armonía; solo la pérdida de control.
Cuando le reponen el supermercado entero en menos de dos horas, Carol se queda sola entre pasillos repletos de fruta. Es absurdo: un supermercado entero para una sola persona. Y aun así, no sonríe. Esa es la gran metáfora del episodio: tenerlo todo y no sentirse satisfecha.
El apagón
Por la noche, mientras ve Las chicas de oro (disponible en Apple TV, por supuesto), se corta la luz en todo Albuquerque. En segundos, el colectivo la restablece solo para su casa. Le explican que apagan las ciudades por eficiencia energética, y que solo los servicios esenciales quedan activos. Le ofrecen volver a encender todas las luces si quiere, y ella dice que da igual.
Pero está enfadada, perdida, y en un arrebato sarcástico, dice:
—“¿Sabéis qué? Traedme una granada, sería perfecto como guinda final a la peor semana de mi vida.”
Y se la traen.
La granada
El momento más tenso del episodio llega cuando Zosia aparece en su casa con una granada de mano real.
Cuando se da cuenta que lo decía con sarcasmo, se la lleva, pero Carol la invita a entrar a tomar una copa. Una cosa lleva a la otra, y cuando Zosia comenta el hotel de hielo del inicio del capítulo, Carol se enfada un montón.
Con el cabreo que lleva, empieza a jugar con la granada, hasta que suelta la anilla. La cuchara salta y Zosia, sin pensarlo, tira la granada por la ventana, se lanza sobre Carol y la cubre con su cuerpo. La explosión deja la fachada de la casa echa un asco.
Zosia sobrevive, pero herida. Carol intenta ayudarla mientras llegan las ambulancias, sin tener que llamarlas, pues Zosia sigue consciente y como «todos son uno», no hace falta pedir nada.
¿Hasta dónde llegará el colectivo?
En el hospital, un mensajero del colectivo le asegura que Zosia está bien. Carol los pone a prueba. “¿Y si os pido otra granada? ¿Y un bazooka? ¿Y una bomba atómica?”
El señor DHL dice que sí a todo, aunque dice que no se sentirían muy bien con lo del arma nuclear, pero que sí, lo harían. Esa frase resume toda la filosofía del colectivo: obedecen, incluso cuando hacerlo puede causar destrucción masiva.
El dilema ético
La conversación entre Carol y Zosia antes de la explosión es de lo mejor del episodio. Ella les reprocha que quieran “salvarla” contra su voluntad, y Zosia responde con una lógica inquietante:
“Si vieras a alguien tirarse de un edificio, ¿no intentarías salvarlo?”
Desde su punto de vista, resistirse a la unión es como negarse a ser feliz. Para el colectivo, Carol está enferma y necesitan curarla.
Y ese paralelismo con el libre albedrío y la salvación forzada es una de las reflexiones más potentes de toda la serie.
Lo que viene
El resumen del siguiente episodio apunta a que el próximo capítulo nos mostrará el punto de vista de Manousos, el treceavo superviviente.
Hasta ahora, Pluribus ha construido con calma su universo: la soledad de Carol, la omnipresencia del colectivo, el contraste entre control y libertad. Pero ya toca avanzar. En el próximo episodio quiero ver movimiento, conflicto, consecuencias.
Porque ya lo sabemos todo: ahora quiero saber qué va a pasar.
