Los recolectores de cadáveres zen
Abrimos con una mujer desconocida sacando un cadáver de un coche accidentado, en medio de un paisaje tipo Mad Max pero sin gusanos gigantes.
Llega una furgoneta, aparece otro señor, y juntos se dedican al noble arte de empaquetar muertos en alfombras. Luego llega un chico en moto, intercambio de papeles, y la mujer se larga pilotando… un avión de carga. Porque, claro, ahora todos saben pilotar aviones. El letrero dice “11 h 26 m”: en menos de medio día la humanidad ha pasado de Homo sapiens a Homo wifiensis.
El colectivo, además, no necesita hablar: comunicación telepática, cero discusiones, cero telediarios. Son una sola mente global. Más eficaz que Google, más tranquilo que un retiro de meditación.
Carol y su cadáver doméstico
Volvemos con Carol, que amanece en casa, con resaca y un cadáver (Helen) como compañera de cama. Decide enterrarla envuelta en mantas de patchwork, que siempre dan un toque acogedor al duelo.
Mientras cava la tumba, la cámara salta otra vez a nuestra misteriosa viajera (la del avión), que llega a un aeropuerto, se desnuda sin pudor (porque el pudor no existe cuando todos sois la misma mente), tira la ropa sucia a la basura correcta (al menos reciclan) y se mete en la ducha que le han preparado sin decir palabra. Todo sincronizado: ni un “hola”, ni un “pásame el champú”.
La visita hidratante
La viajera (ahora sabemos que es del colectivo) aparece en el jardín de Carol. Le ofrece agua y una sonrisa inquietante. Le dice que el agua es solo eso, agua, y que aún faltan unos meses para poder convertirla. O sea, spoiler: están trabajando para asimilarla.
Carol, que de confianza anda justa, tira el agua al suelo. La otra, imperturbable, recoge la botella con calma (y el tapón, ya que no están en Europa y no está pegado a la botella) y se marcha, dejando claro que ni se ofenden ni levantan la voz: los Borg del mindfulness.
El parecido sospechoso
Justo cuando se está marchando Carol le pide que se espere un momentín, entra en casa, coge una de sus novelas y compara la cara de uno de los protagonistas, Rabán, con la de la visitante. Son casi iguales, pero en versión femenina. Resulta que el colectivo eligió ese cuerpo para que le resultara más, ehem… “familiar”.
Aquí descubrimos que Carol originalmente iba a escribir una historia lésbica, pero la censuró por miedo al mercado. El colectivo lo sabe porque Helen, su pareja, se unió al enjambre unos segundos antes de morir, lo que sirvió de copia de seguridad de sus recuerdos. Backup emocional incluido.
El telele global
Carol se enfada con la visitante, la empuja, y a la pobre le da un ataque epiléptico colectivo. Todos los conectados del planeta caen redondos unos minutos.
Carol, aterrada, intenta ayudar a la gente (que ya está en modo blue screen) y cuando todo se reinicia, los afectados se levantan con sonrisa de anuncio y le dicen amablemente: “ya lo gestionamos nosotros”.
Más tarde sabremos que su pequeña rabieta ha matado a unos 11 millones de personas. Bravo, Carol. Récord Guinness de homicidio involuntario.
El picnic filosófico
El colectivo le trae una excavadora en helicóptero (sí, en serio) para terminar la tumba de Helen. Enterramiento exprés.
Durante la charla nocturna, Carol pregunta si todo el planeta está unido, incluidos astronautas, submarinistas y ermitaños, y la respuesta es un tranquilo “sí”. Solo quedan 12 humanos sin conectar. Y uno nuevo se ha añadido a la lista, así que ya van 13.
La pirata le dice que no deben preocuparse, que pronto podrán integrarla. Y que, por cierto, sus emociones afectan a todo el enjambre. Un pequeño detalle: cada vez que se cabrea, puede causar una masacre mundial. Nada grave. Pero Carol vomita varias veces.
Reunión en Bilbao (ahí va la hostia)
La Pirata lleva a Carol a Bilbao en avión (la globalización mental también vuela Iberia, al parecer) para reunirla con los otros supervivientes.
Carol, se encuentra con una cumbre presencial: seis humanos “libres” venidos de todo el mundo. Los supervivientes son:
- Carol, la escritora borracha.
- Laxmi, la india enfadada.
- Kusimayu, la peruana adolescente tímida.
- Otgonbayar, el mongol zen.
- Xiu, la china del zoo.
- Koumba, el mauritano feliz y hedonista, que tarda un poquitín más en llegar porque se ha pedido venir en el Air Force One, el avión del presidente. Porque, si puedes pedir cualquier cosa al colectivo, ¿por qué no pedir el jet presidencial?
Debate de supervivientes: terapia grupal versión ONU
Se sientan a hablar. Carol quiere “arreglar el mundo”, Koumba está encantado con su harén, Laxmi odia a todos porque su abuelo murió durante el telele, Kusimayu quiere unirse al colectivo cuanto antes para charlar con su prima, y Xiu solo quiere quedarse con su perro.
La discusión deriva en filosofía barata: ¿vale la pena la paz mundial si pierdes tu yo? ¿Qué pasa con los asesinos, los niños, los podcasters?
Kumba señala que el planeta está mejor: no hay guerras, racismo, cárceles ni tráfico. Además tiene hambre, y pide al colectivo a ver si les pueden montar una cenita en una villa con vistas.
Con su whisky en la mano, Carol les recuerda que no pidieron permiso a nadie para crear la utopía. Y ellos responden que la asimilación fue un “proceso biológico natural”. Como respirar, pero con millones de cadáveres de bonus track.
Carol pregunta a ver cuántos muertos hubo durante la asimilación, y el colectivo reconoce sin problema que fueron más de 886 millones de muertos, como quien dice “hubo un pequeño ajuste de plantilla”. Carol se enfada, y Lexma le revela que su rabieta ha matado a 11 millones. Venga, ala, quién da más?
Segunda rabieta letal
Durante la comida, Carol se indigna otra vez, lanza acusaciones de “traidores” a los otros humanos y, como era de esperar, otro telele colectivo arrasa el planeta. Resultado estimado: otros 10 o 11 millones de muertos. El grupo decide que la protagonista necesita un curso urgente de gestión emocional.
Al día siguiente, Carol despierta, se sirve whisky (otra vez, porqué no) y llama al colectivo pidiendo algo para “no volver a provocar teleles”. Ellos le dicen que no pueden hacer nada. Lo que sí pueden es traerle desayuno, que siempre ayuda.
El rey Kumba y su harén aéreo
Corte a Koumba desayunando, rodeado de modelos felices. El tipo está en su mejor vida postapocalíptica. Carol aparece para hablar con él, y este le pide quedarse con Zosia, para placeres carnales varios.
«¿Zosia? ¿Quién es esta?», pregunta Carol. Pues resulta que es la mujer pirata, pero ni se había molestado en preguntarle su nombre.
Discuten sobre ética, sexo y moral. Kumba le recuerda que él no ha obligado a nadie y que, por cierto, ella ha matado a 25 millones de personas por berrinches. Touché.
Zosia, mientras tanto, demuestra su capacidad de cálculo matemático a nivel superordenador: el colectivo piensa más rápido que cualquier ser humano. Yo personalmente tendría que repasar lo de las raizes cuadradas.
Final de episodio: amor, celos y estupidez
Kumba le dice a Carol que Zosia puede elegir con quién quedarse. Zosia responde que no puede elegir porque ambas opciones perjudican a alguien: puro drama de IA sensible.
Al final, Kumba se la lleva. Carol se arrepiente, corre hasta la pista y se planta delante del avión como si fuera a detenerlo con la fuerza de su culpa. Spoiler: no hacía falta, bastaba con decir “dile al otro piloto que pare”. Pero claro, sin ese plano heroico, no hay episodio.
Epílogo y reflexión
Carol sigue bebiendo, sigue matando indirectamente y sigue sin hacer ni una sola pregunta útil al colectivo. El mundo, mientras tanto, vive su mejor era vegana y pacifista.
El episodio termina con mil dilemas abiertos: ¿Qué ética rige al enjambre? ¿Pueden mentir? ¿Qué pasa si dos humanos dan órdenes opuestas? ¿Cómo procrea una mente global sin libido? ¿Y quién demonios limpia el Guggenheim si nadie lo visita?
Me encanta.
