17. Pluribus: Qué se transmite y qué no en el colectivo

En el capítulo anterior vimos algo especial: el colectivo llorando al unísono. Desde los teleles, que no habíamos vuelto a ver una sincronización «emocional» tan intensa.

La escena ocurre al final, cuando Zosia, bajo el efecto de las drogas que le ha inyectado Carol, intenta responder (y no responder) a la vez la gran pregunta: cómo revertir el proceso de unión. Y ahí surge una cuestión que tenía apuntada desde hace tiempo: ¿qué se transmite exactamente dentro del colectivo… y qué no?

He hecho una lista con lo que sí, otra con lo que no, y una zona gris, una especie de “dimensión desconocida” que queda en duda.

Lo que sí se transmite

Lo primero es evidente: la memoria. Y no solo la memoria consciente, sino también la memoria oculta, la que queda enterrada en los rincones del cerebro.

Cuando alguien se une al colectivo, no solo aporta los recuerdos que puede evocar, sino también los que estaban olvidados. Lo vemos en pequeños detalles, como cuando recuerdan exactamente lo que había en la nevera de Carol o cuántas veces Helen comió algodón de azúcar. Son recuerdos tan concretos que es imposible que estuvieran accesibles sin una especie de “escaneo completo” del cerebro.

Así que no solo comparten los recuerdos que recordamos, sino también los que no.

Además, parece que comparten lo que está ocurriendo en el presente.
No solo el pasado, sino también la conciencia inmediata: lo que uno está haciendo, viendo u oyendo.

Lo comprobamos cuando en el avión Carol pregunta a Zosia quién pilota y el piloto responde de forma inmediata. Eso significa que el colectivo ahí está puede ver y oír a través de los ojos y oídos de cualquier miembro.

Pero hay dudas con los otros tres sentidos: olfato, gusto y tacto. De momento, no hay pruebas de que se transmitan.

El tacto es especialmente interesante, porque no se trata solo de sentir una textura: implica también el dolor físico. Y está claro que el dolor no se transmite.

En el primer episodio vemos a un miembro del colectivo que ha perdido un pie, mientras otro se lo ofrece para ayudarle a caminar. Pero nadie más reacciona con dolor. Si todos compartieran las sensaciones físicas, cada herida o accidente se sentiría en todo el planeta. Sería un infierno colectivo.

Así que el dolor, al menos el físico, de momento, parece bloqueado. Esto abre una posibilidad fascinante: quizás, al unirse, el colectivo aprende a controlar sus propias neuronas sensoriales.

Al fin y al cabo, el dolor es una señal cerebral, una interpretación.
Puede que sean capaces de desactivarla. Y esto encaja, curiosamente, con lo que hablábamos en el episodio anterior sobre el hedonismo.

Si el objetivo es eliminar el sufrimiento, tiene todo el sentido que el colectivo haya suprimido la experiencia del dolor.

Las emociones compartidas

Ahora bien, hay algo más allá de los sentidos que sí parece transmitirse: las emociones. Y esto lo hemos visto ya dos veces.

Primero, la ira. Cuando Carol se enfada, todo el colectivo lo siente.
Zosia lo menciona directamente: esa rabia se propaga como un virus.
Es como una disrupción en la fuerza, una onda emocional que atraviesa a todos.

Esa es también su gran debilidad. La conexión que los hace poderosos los vuelve vulnerables. Un solo impulso emocional puede alterar a millones.
Exactamente igual que los Borg de Star Trek: una colmena unida, pero con un punto débil común.

Segundo, la tristeza. Lo vimos como digo, en el final del episodio 4, cuando Zosia empieza a llorar y todos los demás la siguen.

Pero la pregunta es: ¿por qué llora? ¿Llora por no poder responderle a Carol? ¿Por lo que le está ocurriendo? ¿Por empatía? ¿O simplemente porque Carol está triste y su tristeza se ha contagiado?

Sea como sea, el resultado es claro: el colectivo puede compartir pena, igual que puede compartir ira.

¿Qué hay del placer?

Si pueden compartir tristeza o rabia, ¿por qué no placer o alegría? ¿Y si ese afecto también se compartiera? ¿Y si un gesto de cariño, un abrazo, o incluso el deseo, pudiera transmitirse al colectivo entero?

Hasta ahora no hemos visto pruebas de que ocurra. Ni siquiera las relaciones de Koumba parecen afectar a los demás. Quizás porque el placer, como el dolor, también esté bloqueado.

Pero Carol es distinta. Ella sí parece capaz de desbordar el sistema emocional del colectivo. Su rabia, su tristeza, su tensión… se filtran. Es como si su canal estuviera abierto en ambos sentidos. Y aún no tenemos confirmado si el resto de los inmunes puede hacerlo. Y eso podría ser la clave.

Lo que no se transmite

Además del dolor y el placer, hay otros elementos que claramente no se comparten.

Por ejemplo, el efecto de las drogas, cuando Carol inyecta tiopental a Zosia, solo ella sufre los efectos. Nadie más en el colectivo parece afectado.

O las borracheras. Si uno de ellos bebiera o se drogara, probablemente el resto lo sabría, pero no lo sentiría. O sea, podrían ser conscientes de que “el individuo número 3404 está borracho”, pero no compartir su estado. Como si una CPU se sobrecalentara, pero el resto de servidores siguiera funcionando.

El eslabón más débil

Todo esto me lleva a una conclusión: la conexión emocional es su punto más frágil. Y las emociones son el virus… del virus.

El dolor, el placer y las drogas no se propagan, pero la rabia y la tristeza sí. Ahí puede estar la grieta del sistema. Quizás la solución pase por intervenir en las emociones compartidas.

Y claro, eso abre mil preguntas: ¿Puede el colectivo aprender a bloquear la tristeza como bloquea el dolor? ¿Podría Carol usar la alegría como arma? ¿Y qué pasaría si lograra contagiar placer en lugar de pena?

Dejo todas estas reflexiones sobre la mesa. Si queréis comentarlas, ya sabéis: el grupo está en pluribus.tv/telegram.

En fin, espero que haya sido de interés y que os haya transmitido (nunca mejor dicho) mi pasión por todos estos temas. Nos escuchamos en el siguiente episodio. Hasta entonces, ¡muy buenos días!