Ahora que empezamos a entender mejor cómo funciona el colectivo, me apetecía imaginar cómo sería el día a día de un individual, uno de esos cuerpos que forman parte de la mente global.
Siempre vemos la historia desde el punto de vista de Carol, pero me intriga pensar qué hacen los demás. ¿Cómo es su rutina? ¿Qué pasa un martes cualquiera en Berlín, Tokio o Buenos Aires, cuando nadie está mirando?
De hecho, me encantaría que hubiera un episodio entero sin una sola palabra. Cero diálogo. Solo acciones. Silencio y movimiento. Un individuo que se despierta y simplemente… sabe qué tiene que hacer.
Cómo funciona la mente colectiva
Cuando alguien se conecta, todos sus recuerdos, conocimientos y experiencias se transfieren al colectivo.
A partir de ese instante, su cerebro local deja de funcionar como una unidad independiente.
Es como si todas las memorias pasaran a una especie de blockchain universal, una red distribuida entre millones de cerebros.
Cada uno de esos cuerpos actúa como un pequeño procesador que comparte su capacidad con los demás. Si uno muere, el conocimiento no se pierde. Todo queda sincronizado en la red.
De ahí que lo comparo con una blockchain biológica: un sistema descentralizado en el que cada nodo mantiene una copia completa de la información.
Lo que no hacen
Antes de entrar en la rutina, quiero aclarar qué creo que no hacen.
No hay colegios ni universidades. ¿Para qué formar a alguien si todos comparten el mismo conocimiento?
Tampoco hay periódicos ni redes sociales, porque ya lo saben todo.
Y, sobre todo, no hay ocio. No los veo viendo series, tocando la guitarra o pintando por placer. No imagino a un grupo de individuals tomándose unas cervezas al salir del trabajo.
Viven como abejas: cada uno tiene su función (aunque en este caso, intercambiable), su propósito y su momento.
No hay tiempo libre porque tampoco hay necesidad de desconectar.
Alimentación y salud
Comen, claro. Y beben agua. Pero lo hacen de forma optimizada: alimentación vegana, equilibrada y personalizada para cada cuerpo.
Como el colectivo reúne la mente de todos los médicos, dietistas y nutricionistas del planeta, cada individuo sabe exactamente qué debe ingerir según su edad, genética y estado físico.
Si un cuerpo tiene alergia al gluten o una intolerancia que su portador original desconocía, el colectivo lo detecta al instante. Todos saben qué puede comer cada uno. Y no comen por placer, sino por eficiencia: lo que necesita el cuerpo, en la cantidad exacta.
El resultado es un mundo sin obesidad, sin déficits nutricionales, sin enfermedades derivadas del estilo de vida. Si algún día el colectivo se disolviera, los humanos despertarían más sanos que nunca.
Los trabajos que sostienen al colectivo
Sin dinero ni jerarquías, las tareas se asignan por necesidad.
Nadie trabaja “para ganarse la vida”, sino para mantener el equilibrio del sistema.
Agricultura.
Gran parte de la humanidad vuelve al campo. Cultivan, siembran, recogen. No por obligación, sino porque es el modo más directo de mantener la red alimentaria.
Logística.
Otros se encargan de distribuir los recursos. Ya no hay supermercados con cajeras ni camiones haciendo reparto puerta a puerta.
Hay hubs, puntos de distribución, donde cada persona acude a recoger lo que necesita. Todo está medido, sin desperdicio y sin desigualdad.
Medicina.
Cualquiera puede ejercer como médico, pero hay cuerpos que están físicamente presentes en hospitales, preparados con el material necesario.
Cuando alguien sufre un accidente, el más cercano lo sabe y actúa.
El resto de la humanidad también lo percibe, pero no necesita intervenir: confía en que el protocolo se ejecutará.
Emergencias.
Existen cuerpos preparados para tareas físicas: bomberos, rescatistas, constructores.
El colectivo selecciona a los más aptos físicamente para esas labores, igual que una colmena reserva a sus obreras más fuertes para proteger el enjambre.
Construcción e industria.
Siguen fabricando y edificando, pero con nuevos objetivos.
Quizás ya no haya familias que necesiten casas privadas, sino comunidades grandes, como colmenas humanas. Espacios donde vivir, trabajar y descansar sin distinción.
Ciencia e investigación.
Los laboratorios continúan funcionando. Aun siendo todos científicos potenciales, alguien tiene que manipular físicamente el material.
Un investigador en Melbourne puede pensar un experimento, y otro en Shanghái lo ejecuta automáticamente, compartiendo los resultados sin correo, sin lenguaje, sin demora. El avance tecnológico es exponencial.
Mantenimiento.
Otros se encargan de que todo siga funcionando: energía, agua, transporte. No hay telecomunicaciones, porque ya no las necesitan, pero sí infraestructura física. Y alguien debe reparar los cables, las tuberías, los sistemas eléctricos.
La rotación de roles
Nada es fijo. Un día puedes estar recogiendo tomates y al siguiente haciendo pruebas de laboratorio.
El colectivo asigna cada cuerpo a la tarea más adecuada en cada momento. Así se evita el sedentarismo y se mantiene la forma física.
No hay jefes ni contratos. Solo la certeza compartida de que cada acción es la correcta.
La vida privada y la reproducción
Aquí viene una de las cuestiones más inquietantes: ¿cómo se reproduce el colectivo? No creo que existan familias ni parejas.
Si todos comparten conciencia, la intimidad desaparece. La sexualidad se convierte en un acto biológico, no emocional.
Imagino que el colectivo decide qué cuerpos deben reproducirse según criterios genéticos. Selecciona las combinaciones más óptimas y organiza el encuentro en el momento exacto de fertilidad.
No hay deseo, solo cálculo. Podría ocurrir en cualquier lugar, a cualquier hora. Dos cuerpos se encuentran, cumplen su función y regresan a sus tareas. Es una visión fría, pero coherente con la lógica del sistema.
El final del día
Cuando cae la noche, los cuerpos descansan. Duermen lo necesario, ni más ni menos. No hay conversaciones, ni series antes de dormir, ni “buenas noches”. Solo silencio.
Y al despertar, la rueda vuelve a girar. Nadie se aburre, porque el aburrimiento implica distancia entre el deseo y la acción, y en el colectivo esa distancia no existe.
Son como las abejas o las hormigas. Cada una cumple su papel. Y aunque individualmente su vida parezca monótona, en conjunto forman algo asombroso.
Una curiosidad inevitable
No sé si la serie llegará a mostrar un día así, pero me encantaría verlo. Un episodio entero sin palabras, solo gestos y movimientos sincronizados. Un retrato visual del orden perfecto a la par que inquietante.
Y mientras tanto, seguiremos imaginando cómo viven, comen, trabajan y se reproducen los individuals. Porque entender su rutina es, en el fondo, una forma de entender lo que nosotros podríamos llegar a ser.
Hasta aquí el episodio. Por cierto, estoy buscando una frase final para acabar los episodios. Si se os ocurre alguna buena coletilla para cerrar cada entrega, me encantará leerla en el grupo o en los comentarios de Spotify. Hasta entonces, ¡muy buenos días!
