1. Pluribus: Episodio 1×1. We Is Us (Nosotros es nosotros)

La cuenta atrás

Empieza la serie con una cuenta atrás de 439 días. Nadie sabe hacia qué, pero tiene pinta de que no será para soplar velas. Estamos en el desierto, con antenas gigantes al estilo Contact y dos científicos corriendo como si hubieran descubierto a los Beatles reencarnados en señales de radio.

Uno grita “¡Bullshit!” (porque ningún científico dice “esto no puede ser” en su idioma natal) y el otro asegura que es una señal del espacio. ¡De 600 años luz! O sea, que el Wi-Fi intergaláctico va regular.

La receta del apocalipsis

La señal se repite cada 78 segundos y no es binaria: es cuaternaria. Porque si algo no se entiende, que tenga más bits. Después de mucho pensar pasándose una pelota, se les ocurre que la señal es biológica, y acto seguido ya están fabricando el virus como si fuera un bizcocho espacial.

Nadie plantea un comité ético, claro, porque sería menos cinematográfico. En Contact había debates mundiales; aquí, en cambio, «vamos a hacerlo y a ver qué pasa». Spoiler: acaba mal.

Cambio de canal: la escritora que odia escribir

Corte brusco: ahora seguimos a Carol, una escritora de novela romántica-erótica que odia sus libros. Vamos, una E.L. James deprimida. Firma ejemplares con sonrisa de Barbie pero en el Uber de regreso al aeropuerto confiesa que su obra es “mindless crap”.

Su agente, Helen, que también es su pareja (aunque al principio disimulan más que un político en campaña), le dice que quizás es el momento para escribir «su libro serio». Carol sueña con ser Margaret Atwood pero su banco la prefiere como Danielle Steel.

La rata que cambió el mundo

Saltamos a -29 días. Una científica decide quitarse los guantes (porque total, la bioseguridad está sobrevalorada) para tocar a una rata que parece muerta. La rata, con más reflejos que ella, zasca, le muerde.

Y ahí empieza la fiesta: convulsiones, duchas de descontaminación y el primer beso viral de la historia. Sí, el virus se pasa a besos. Cupido se ha quedado obsoleto.

Ella besa a su compañero, el compañero al consere besa al conserje… y antes de que te des cuenta, todos están trabajando en silencio, como una secta de IKEA. Todos los científicos y guardias de seguridad están contagiados y sincronizados, como si fueran minions zen. Lamen donuts, se pasan algodones por la boca y lo propagan. El COVID al lado de esto era una gripe de guardería.

Llegando al momento cero

Saltamos ya a -3 horas 6 minutos. Carol y Helen están de copas, ya regresando del toru. En la tele del bar se ve que hay una base militar cerrada (guiño sutil de catástrofe inminente) y en el cielo un desfile de estelas de avión. Todo muy “fin del mundo, pero con cóctel”.

Helen cae al suelo, estilo exorcismo express, y Carol se da cuenta de que todo el bar está igual: todos convulsionando como si hubieran probado el peor plato del menú.

Corre al hospital con Helen en un pick-up (tampoco había mucho para elegir) y descubre que medio planeta está tieso o en trance. Los médicos congelaros, las enfermeras dan mucho yuyu… Es The Last of Us, pero sin Pedro Pascal para salvarte.

Resurrección y “teamwork makes the dream work”

Helen se muere (esta vez del todo) y todos los demás se levantan felices, sonrientes, en modo zen. Empiezan a apagar fuegos, ayudar heridos y limpiar la ciudad como si fueran voluntarios de Greenpeace conectados por telepatía.

Intentan besar a Carol para “ayudarla”, pero ella dice que no, gracias, que ya tiene suficiente terapia emocional.

Los niños creepy del vecindario

Carol vuelve a casa con el cadáver de Helen (porque, claro, ¿a quién no le apetece dormir con un cadáver?) y se ha dejado la llave. Pero no problem, porque hijos creepys del vecino le dicen que saben dónde guarda la llave de repuesto. Le cuentan hasta la fecha exacta en que la escondió. Muy normal.

Ella les dice «dejadme sola», y los niños, obedientes, coordinan a todo el vecindario para irse. En segundos, todas las puertas del garaje se abren a la vez. Y todos, cual coro zombie, le dicen: «We’re sorry for your loss». Terrorífico y educado a la vez.

Llamada con el “presidente”

Carol pone la tele buscando respuestas y aparece el supuesto presidente, que básicamente dice: «Carol, llámanos». Muy tranquilizador.

Ella llama, y el tipo le responde en directo: «Hola, Carol». Resulta que no es el presidente, sino un ministro con traje que pasaba por ahí al que están usando de portavoz del nuevo Hive Mind™. Que su vida es su vida, y que habla en primera persona de plural porque «nosotros es nosotros». Clarísimo.

Le explican que no son alienígenas, sino humanos mejorados por tecnología alienígena, unidos mentalmente por un «pegamento psíquico». Vamos, el sueño húmedo de Mark Zuckerberg.

Le dicen que todos están conectados, que nadie manda y que solo quedan 12 humanos sin «wifi mental». Carol es una de ellos. Quieren analizarla «para que pueda unirse», y ella, muy prudente, cuelga. Porque qué podría salir mal al colgarle al cerebro colectivo mundial.

El cierre existencial

El episodio termina con una cuenta, pero ya no se cuenta atrás, sino hacia delante, porque ahora estamos oficialmente en «el nuevo mundo feliz». Si no te gusta, ajo y agua.

Carol llora, se sirve un whisky y nosotros nos quedamos con mil preguntas: ¿por qué unos mueren y otros no? ¿tienen sentido del humor los conectados? ¿harán pelis si ya saben el final? ¿y si alguien se enamora, se enamoran todos?

Conclusión y cosillas

El capítulo 1 de Pluribus es una mezcla entre Contact, The Last of Us, Black Mirror y una sesión de autoayuda interplanetaria.

El virus no te mata: te mete en el grupo mental más inclusivo del universo, donde ya no hay secretos, ni mentiras, ni Wi-Fi lento. Carol, la única que no se conecta, representa a todos nosotros: los que aún necesitamos contraseña para entrar en la nube colectiva.

Me encanta.